Todo comenzó el 26 de noviembre del 2006. Yo, todo un niño de 13 años, hacía lo que toda persona en aquella edad hace un domingo a las 6 de la tarde en vacaciones: montar en bicicleta y ensuciarse la ropa.
La tarde transcurría con normalidad. Los niños, o más bien mis amigos y yo, corríamos, brincábamos, jugábamos fútbol, etcétera. Eso sí disfrutábamos y creábamos el mejor ambiente para la bienvenida de una nueva Navidad que cada vez se acercaba más. Yo, por mi parte, estaba haciendo carreras en mi bicicleta cuando vi a mi madre salir de la casa con una sonrisa pintada en su cara, lo que me hizo entender que me necesitaba para contarme algo.
Cuando entré a la casa mi madre me dijo que arreglara las maletas, pues al día siguiente nos íbamos para Cartagena. En ese momento salí corriendo hacia mi cuarto, entusiasmado de pensar que muy pronto seria por fin la primera vez que montaría en avión. Mi madre entró a mi cuarto y me advirtió que debía acostarme temprano porque el vuelo salía en la madrugada. Advertencia que no sirvió de nada porque eran tantas las cosas que pasaban por mi cabeza ese día que me fue imposible conciliar el sueño.
A las 7 de la mañana del otro día me levanté agotado pero alegre, nadie me quitaba la felicidad que sentía en ese momento. Esa mañana fui el primero en bañarme, arreglarme, estar listo y acosar para irnos. El vuelo estaba programado para las 10 de la mañana y gracias a mi impaciencia a las 8 de la mañana ya estábamos en camino hacia el aeropuerto. Allí nos encontramos con mis tíos y mi primo Mateo el cual compartía mí mismo sentimiento, además de que sería su primera vez en ir al mar.
Eran las 10 de la mañana, hora de abordar, quizá el momento más esperado en mi corta vida. Apreté la mano de mi madre y comencé el camino hacia el avión. Recuerdo que en aquel momento me sentía la persona más afortunada del mundo y decía que no me cambiaba por nada ni por nadie. De entrada a la aeronave mi madre apresurada mente llamó la atención del piloto y le hizo saber que era mi primera mi primera vez en entrar a un avión y le preguntó que si podía llevarme a la cabina para conocerla, a lo que él respondió en tono amable que apenas alcanzáramos velocidad de crucero me llamaría para que le ayudara a manejar el avión. Mi impresión fue inevitable, no cabía en mi cabeza pensar que un niño a mi corta edad iba a tener una responsabilidad de ese tamaño.
Un instante más tarde con una alegría excesiva dibujada en mí, procedí a tomar asiento y a esperar con ansia la llamada del piloto, comencé a mirar por la ventana las turbinas del avión que poco a poco iban despegando pero de repente comenzó una extraña vibración muy fuerte que casi ni me permitía hablar, me empecé a asustar, pero mi madre un poco más experimentada en el asunto de viajar, me tranquilizó diciéndome que era normal sentir ese tipo de sensación en el momento de despegue.
Más tarde y un poco más tranquilo comencé a ver por la ventana como dejábamos atrás el aeropuerto José maría Córdoba, de Rionegro, en ese momento escuché la voz del piloto que informaba que podíamos desabrochar nuestro cinturones y que estaba esperando al joven Sebastián Peláez en la cabina, me sentí la persona más importante del vuelo. La azafata me acompañó hasta la parte delantera del avión y por fin había llegado el momento esperado. Me senté en una silla entre piloto y copiloto y me dijeron que siguiera instrucciones, fui tratado como todo un piloto de verdad. Me mostraron desde como aterrizar el avión hasta como esquivar una nube para evitar turbulencias.
Finalmente me aconsejaron tomar asiento y prepararme para el aterrizaje en Cartagena. Llegué a mi asiento anonadado e impresionado por lo que había acabado de hacer, le conté a mi madre y fue allí donde terminó mi primer y mejor viaje en avión en el cual no fui un simple pasajero sino también lo que yo llamaría un pequeño ¡gran piloto!
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