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lunes, 19 de marzo de 2012
La lluvia, el sol y don Albeiro
Hace mucho tiempo existía un pueblo en medio del desierto llamado Chibchombia, donde era muy normal ver estruendosos aguaceros todos los dias, al parecer la lluvia disfrutaba mucho pasar por este pueblo. Allí vivía un señor llamado Albeiro, un apasionado por el agua. Cada mañana, don Albeiro recogía enormes cantidades de agua en el patio de su casa.
Él pensaba que en cualquier momento la lluvia iba a dejar de visitarlos, ya que la gente allí la odiaba mucho por las inundaciones que causaba. Albeiro vivía en una casa con su esposa Clara y sus dos hijos, Carolina y Santiago. Ellos le preguntaban a su padre por qué se preocupaba tanto por recoger agua si todos los días llovía y siempre les contestaba que tarde que temprano todos se lo iban a agradecer.
Un día don Albeiro estaba sentado en las escaleras de su terraza cuando notó que el pueblo empezó a llenarse nuevamente de nubes y que la gente se quejaba y renegaba una vez más. Entonces comenzó a organizar el pozo que tenía en su patio para albergar el agua que estaba a punto de caer, pero de repente vio que el cielo estaba demasiado oscuro y que las nubes empezaron a concentrarse solo sobre el patio de su casa.
Don Albeiro, preocupado, siguió organizando sus cosas preparándose para el aguacero, cuando de repente escuchó una dulce voz que no paraba de gritar su nombre. Él asustado y desconcertado preguntó que quién lo llamaba, a lo cual esa voz respondió: "Mira hacia arriba, soy la lluvia y ya que tu eres el único que no se enfada con mis visitas y que estás preocupado por ahorrar agua y mantenerse preparado por si algún día dejo de venir, quiero decirte que estoy muy triste por los rechazos que recibo día a día en este pueblo y estoy pensando en dejar de venir. Pero si esto pasa la vida aquí se acabará, todo se secará y quedará desierto como todo su alrededor."
Albeiro muy preocupado por lo que había escuchado le dijo a la lluvia que no podía irse porque sin ella la vida de él, la de su familia y la del pueblo se iba a acabar, entonces él le prometió que iba a hablar con toda la gente del pueblo para que no la rechazaran tanto y así poder convivir con ella. La lluvia, muy indecisa, le dijo que al día siguiente volvería otra vez a hablar con él pero que si no resolvía nada con el pueblo entonces ella nunca más volvería a aquel lugar.
Después de terminada su conversación con la lluvia Albeiro, muy indignado, se dirigió lo mas rápido que pudo donde su familia y le comentó sobre lo que había pasado. Su esposa Clara se comprometió a hablar con todas las personas del pueblo y ponerse de acuerdo para valorar la lluvia y dejar sus rechazos contra esta.
Sus dos hijos le dijeron a su padre que iban a hablar con todas las personas de su escuela e iban a hacer campañas para recolectar agua día a día con sus compañeros de clase. Ese mismo día en la tarde Albeiro se dirigió al centro del pueblo con su esposa Clara y hablaron con el alcalde para reunir la mayor cantidad de gente y contarles lo sucedido. En la noche el alcalde hizo un llamado a todo el pueblo para ponerse de acuerdo con las acciones que iban a emprender a favor de la lluvia.
El alcalde, al ver que la gente no se ponía de acuerdo, no tuvo más remedio que decirle a Albeiro que no había nada que hacer, entonces llegó a su casa muy triste y le contó a sus hijos lo ocurrido. Ellos, por el contrario, habían tenido un exitoso día en su escuela porque sus compañeros habían iniciado la campaña para la recolección de agua y los profesores estaban muy de acuerdo en hacer las paces con la lluvia.
Al otro día, Albeiro se sentó desde muy temprano en su patio para esperar la llegada de la lluvia y poder contarle lo ocurrido. Después de un tiempo de intrigante espera la lluvia de nuevo se presentó ante él. Luego de expresarle lo sucedido el día anterior, la lluvia decidió no volver debido a que era muy poca gente la que estaba de acuerdo en hacer las paces con ella. Finalmente se despidió e inició su partida.
Luego de varios días de tristeza para Albeiro y su familia, pero felicidad para el resto del pueblo, las personas se empezaron a dar cuenta la falta que hacía la lluvia en aquel lugar. La sequia predominaba en todos y cada uno de los hogares, la gente gritaba angustiada en las calles por la falta del líquido y se quejaban por el sol.
Días mas tarde la angustia se apoderó del pueblo y la gente comenzó a ir a la casa de don Albeiro a pedir con mucha angustia una ración de agua para poder sobrevivir. El angustiado recolector comenzó a ver como su pozo de agua empezó a verse cada vez más vacío y pensó que si no se tomaba una decisión pronto él, su pueblo y toda su familia iban a desaparecer. En ese mismo momento llegó una visita inesperada a su patio: era el sol sonriente, pero a la vez aburrido por el daño y el rechazo que estaba causando, dispuesto a hablar con él para obtener una solución a esta preocupante situación.
Luego de un largo tiempo de conversación con el sol llegaron a la ilusionante decisión de que sería perfecto hablar con la lluvia y proponerle que visitara el pueblo solo unos días y que el señor Albeiro sería el encargado de administrar y distribuir el agua a todo el pueblo. Luego de que el sol hablara con la lluvia, esta apareció al instante y devolvió la alegría y la felicidad a todos los habitantes del lugar.
La lluvia, al darse cuenta del daño que podría causar al ser muy constante o al desaparecer por completo, decidió hacer un pacto con el sol y con Albeiro para que tanto el sol como ella aparecieran solo algunas veces o que aparecieran los dos en un mismo día. A Albeiro decidieron darle la tarea de informar al pueblo antes de sus visitas en el futuro, para que todos disfrutaran y se prepararan para la llegada de cada uno de ellos.
Un viaje inesperado e irrepetible
Todo comenzó el 26 de noviembre del 2006. Yo, todo un niño de 13 años, hacía lo que toda persona en aquella edad hace un domingo a las 6 de la tarde en vacaciones: montar en bicicleta y ensuciarse la ropa.
La tarde transcurría con normalidad. Los niños, o más bien mis amigos y yo, corríamos, brincábamos, jugábamos fútbol, etcétera. Eso sí disfrutábamos y creábamos el mejor ambiente para la bienvenida de una nueva Navidad que cada vez se acercaba más. Yo, por mi parte, estaba haciendo carreras en mi bicicleta cuando vi a mi madre salir de la casa con una sonrisa pintada en su cara, lo que me hizo entender que me necesitaba para contarme algo.
Cuando entré a la casa mi madre me dijo que arreglara las maletas, pues al día siguiente nos íbamos para Cartagena. En ese momento salí corriendo hacia mi cuarto, entusiasmado de pensar que muy pronto seria por fin la primera vez que montaría en avión. Mi madre entró a mi cuarto y me advirtió que debía acostarme temprano porque el vuelo salía en la madrugada. Advertencia que no sirvió de nada porque eran tantas las cosas que pasaban por mi cabeza ese día que me fue imposible conciliar el sueño.
A las 7 de la mañana del otro día me levanté agotado pero alegre, nadie me quitaba la felicidad que sentía en ese momento. Esa mañana fui el primero en bañarme, arreglarme, estar listo y acosar para irnos. El vuelo estaba programado para las 10 de la mañana y gracias a mi impaciencia a las 8 de la mañana ya estábamos en camino hacia el aeropuerto. Allí nos encontramos con mis tíos y mi primo Mateo el cual compartía mí mismo sentimiento, además de que sería su primera vez en ir al mar.
Eran las 10 de la mañana, hora de abordar, quizá el momento más esperado en mi corta vida. Apreté la mano de mi madre y comencé el camino hacia el avión. Recuerdo que en aquel momento me sentía la persona más afortunada del mundo y decía que no me cambiaba por nada ni por nadie. De entrada a la aeronave mi madre apresurada mente llamó la atención del piloto y le hizo saber que era mi primera mi primera vez en entrar a un avión y le preguntó que si podía llevarme a la cabina para conocerla, a lo que él respondió en tono amable que apenas alcanzáramos velocidad de crucero me llamaría para que le ayudara a manejar el avión. Mi impresión fue inevitable, no cabía en mi cabeza pensar que un niño a mi corta edad iba a tener una responsabilidad de ese tamaño.
Un instante más tarde con una alegría excesiva dibujada en mí, procedí a tomar asiento y a esperar con ansia la llamada del piloto, comencé a mirar por la ventana las turbinas del avión que poco a poco iban despegando pero de repente comenzó una extraña vibración muy fuerte que casi ni me permitía hablar, me empecé a asustar, pero mi madre un poco más experimentada en el asunto de viajar, me tranquilizó diciéndome que era normal sentir ese tipo de sensación en el momento de despegue.
Más tarde y un poco más tranquilo comencé a ver por la ventana como dejábamos atrás el aeropuerto José maría Córdoba, de Rionegro, en ese momento escuché la voz del piloto que informaba que podíamos desabrochar nuestro cinturones y que estaba esperando al joven Sebastián Peláez en la cabina, me sentí la persona más importante del vuelo. La azafata me acompañó hasta la parte delantera del avión y por fin había llegado el momento esperado. Me senté en una silla entre piloto y copiloto y me dijeron que siguiera instrucciones, fui tratado como todo un piloto de verdad. Me mostraron desde como aterrizar el avión hasta como esquivar una nube para evitar turbulencias.
Finalmente me aconsejaron tomar asiento y prepararme para el aterrizaje en Cartagena. Llegué a mi asiento anonadado e impresionado por lo que había acabado de hacer, le conté a mi madre y fue allí donde terminó mi primer y mejor viaje en avión en el cual no fui un simple pasajero sino también lo que yo llamaría un pequeño ¡gran piloto!
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